El juez que prometió encontrar la Vera Cruz: el crimen de Caravaca de 1934

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Murcia Misteriosa

Se unió: Mar 2026
Lámina antigua de la Cruz de Caravaca de doble brazo en su relicario de orfebrería, con la leyenda «La Santísima Cruz de Caravaca»
La Santísima Cruz de Caravaca en el relicario de 1777, el que desapareció en 1934. Lámina de R. Amador de los Ríos, Murcia y Albacete (Barcelona, 1889), p. 634; la fotografía se atribuye a José Rodrigo (1888). Internet Archive. Dominio público.

A las cinco y cuarto de una tarde de agosto de 1934, en una casa de Caravaca, se apagaba la vida del hombre que había jurado devolver a la ciudad su objeto más sagrado. Manuel Martínez Alcayna, juez interino, llevaba en el pecho la bala de un vecino al que la justicia había tenido entre los sospechosos del robo de la Vera Cruz. Seis meses antes, alguien se había llevado la reliquia del castillo.

Casi un siglo después, ni el robo ni el crimen tienen una explicación cerrada. En este artículo intentamos separar con cuidado tres capas que en Caravaca se han ido mezclando: lo que dicen los expedientes y la prensa de la época, lo que se transmitió de boca en boca y lo que pertenece ya al terreno de la leyenda.

Una reliquia que era el corazón de un pueblo

Para entender la conmoción de 1934 hay que empezar por el objeto. La tradición caravaqueña sitúa la aparición milagrosa de la cruz en la Edad Media: uno de los cronistas que recoge la Wikipedia la fecha el 3 de mayo de 1231, y otras versiones la llevan a 1227. Ya en 1684 el jesuita Daniel Papebroch puso en duda ese relato, pero la crítica erudita nunca alcanzó a la devoción popular. Esa devoción, de hecho, viajó muy lejos con ayuda de la Compañía de Jesús.

En torno al Lignum Crucis, el fragmento de madera que los fieles identifican con la cruz de Cristo, la ciudad organizó durante siglos su calendario ritual. Lo hizo con las fiestas de mayo, con la carrera de los Caballos del Vino cada 2 de mayo y con las rogativas. El valor material contaba poco frente a otra cosa: la cruz funcionaba como un emblema colectivo, el objeto con el que Caravaca se reconocía a sí misma.

Caballo engalanado con un manto bordado subiendo a la carrera la cuesta del castillo de Caravaca entre una multitud
Los Caballos del Vino suben la cuesta del castillo el 2 de mayo de 2014. Es el rito que Caravaca no pudo celebrar en la primavera de 1934. Foto: Pedro J Pacheco / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
Grabado del siglo XIX del templete del Baño de la Cruz en Caravaca, rodeado de árboles
«Caravaca. El Baño de la Cruz», grabado publicado en Murcia y Albacete (1889). British Library / Wikimedia Commons. Sin restricciones de copyright conocidas (dominio público).

La reliquia estaba guardada en capas sucesivas de orfebrería, cada una de ellas un regalo y una huella de su época. El maestre santiaguista Lorenzo Suárez de Figueroa donó en 1390 una caja de plata dorada. Mucho después, en 1777, el duque de Alba regaló el relicario con el que se la veneraba en el siglo XX. La forma de doble brazo, además, había salido del santuario mucho antes que los ladrones: la devoción llegó a buena parte de Europa y a América, y su silueta se multiplicó en medallas, colgantes y amuletos.

Cinco amuletos metálicos con la forma de la Cruz de Caravaca de doble brazo, fotografiados sobre fondo claro
Amuletos españoles con la forma de la Cruz de Caravaca. Foto: Wellcome Collection / Wikimedia Commons, CC BY 4.0.

El alcance de esa devoción se aprecia bien en la pintura. En la primera mitad del siglo XVIII, el flamenco Pieter Snyers, activo en Amberes, retrató a un religioso que muestra la cruz de doble travesaño como quien enseña un salvoconducto. Que un pintor de los Países Bajos meridionales eligiera ese motivo indica que la imagen caravaqueña formaba ya parte del repertorio piadoso europeo y que su forma bastaba para identificarla, sin necesidad de explicación.

Pintura al óleo de un fraile anciano con hábito oscuro que sostiene una Cruz de Caravaca de doble brazo
Fraile con la Cruz de Caravaca, de Pieter Snyers (Amberes, 1681-1752), obra fechada entre 1707 y 1752. Wikimedia Commons (procedente de la casa de subastas Wannenes). Dominio público.

Martes de Carnaval: la noche del robo

El calendario hizo que el robo coincidiera con un umbral simbólico. Aquel 13 de febrero de 1934 caía en martes de Carnaval: era la llamada Noche del Reventón, cuando en Caravaca era costumbre despedirse de los excesos con tortas fritas y chocolate antes de entrar en la Cuaresma. Al amanecer, el santuario apareció sin su cruz. Las reconstrucciones posteriores no coinciden en el día (se ha escrito del 12 al 13, del 13 y del 14), pero la prensa del momento permite afinar. La crónica que La Vanguardia publicó el jueves 15 de febrero llevaba data de Murcia del día 14 y situaba el robo en la noche anterior. Todo indica, por tanto, que la reliquia desapareció durante la noche que separa el 13 y el 14 de febrero de aquel año.

Los indicios apuntaban a un asalto desde fuera. Unos niños dieron con una cuerda que colgaba del muro del castillo, y la Puerta de San Lázaro mostraba un butrón de unos 37 por 59 centímetros. Faltaban el Lignum Crucis y su relicario dieciochesco. Según varias reconstrucciones, sin embargo, el estuche medieval de plata seguía en su sitio, junto con otras piezas valiosas. Esa selección tan precisa sembró la duda desde el primer día: ¿qué clase de ladrón desprecia la plata y se lleva solo lo sagrado?

Aquella primera crónica de agencia añade detalles que las versiones modernas suelen omitir. Los asaltantes habrían perforado la Puerta de San Lázaro con berbiquí y sierra hasta abrir un hueco de unos dos palmos de lado, y después habrían reventado el sagrario con una palanca. El corresponsal subrayaba que la caja de plata cincelada se había quedado allí y concluía que el móvil no parecía económico. Recordaba además que el hermano mayor honorario de la cofradía era un Borbón, don Alfonso, y que la noticia había corrido por la ciudad en cuestión de horas. La indignación, contaba, había llevado a muchos vecinos hasta el castillo.

Un pueblo dividido busca culpables

La noticia llegó enseguida a los periódicos de Madrid. Hubo un juez especial, investigadores, interrogatorios y detenciones. Pero el contexto pesaba tanto como las pruebas. España vivía los años más crispados de la Segunda República, y en una ciudad pequeña el robo de la reliquia se convirtió en un campo de batalla donde se cruzaban la fe, la política y las viejas cuentas entre vecinos.

Página de periódico de 1934 con el titular «Del castillo de la Santa Cruz, en Caravaca (Murcia), ha sido robada la venerada y famosa Cruz de Caravaca» y varias fotografías del santuario y de los vecinos
Página gráfica sobre el robo publicada en 1934: «Del castillo de la Santa Cruz, en Caravaca (Murcia), ha sido robada la venerada y famosa “Cruz de Caravaca”». La cabecera visible es la del diario Ahora; Wikimedia Commons la atribuye a La Verdad. Dominio público.

La violencia apuntó primero contra quien tenía la reliquia a su cargo, el capellán Ildefonso Ramírez Alonso. Indalecio Pozo, en un estudio publicado en Murgetana, fecha el episodio el 28 de abril de 1934. Un grupo de vecinos lo rodeó, lo golpeó y lo arrastró hacia el centro de la ciudad, y solo la intervención de la Guardia Civil y del alcalde, Miguel de Luelmo Asensio, permitió ponerlo a salvo dentro del Ayuntamiento. Algunas fuentes añaden que después lo destinaron a Águilas y que falleció en 1936.

Ese mayo no hubo fiestas, y una comunidad que se queda sin su rito anual es, en buena medida, una comunidad desorientada. En el plano judicial, la causa terminó en un sobreseimiento provisional: no había pruebas para retener a los procesados. Los vecinos reunieron entonces una recompensa por suscripción popular para quien devolviera la cruz o ayudara a encontrarla. Según La Vanguardia, la iniciativa partió desde el primer día de Pedro Antonio Moreno, director de la sucursal del Banco Español de Crédito. Su cuantía también baila: 2.000 pesetas según La Opinión de Murcia y 20.000 según otras reconstrucciones. Nadie la cobró.

El juez que quiso cerrar la herida

Con el verano llegaron las vacaciones judiciales y, con ellas, un sustituto. Manuel Martínez Alcayna (en el diario Ahora aparece como «Alcaina») era abogado, antiguo alumno del colegio El Salvador y conocía bien el juzgado, porque ya había ejercido allí funciones judiciales. Ahora le atribuía 44 años y lo describía como juez municipal que hacía las veces de juez de instrucción.

El sumario del robo no era suyo, pero lo hizo suyo. José Antonio Melgares Guerrero, que ostenta el cargo de cronista de la ciudad, recoge que llegó a anunciar que estaba muy cerca de conocer a los autores. La prensa madrileña puso plazo a esa confianza: según Ahora, el juez se había comprometido a resolverlo en apenas un día. El mismo periódico informó de que recibía cartas anónimas con amenazas de muerte, como le había pasado antes al juez Álvarez Manzano.

Qué sabía exactamente es algo que se llevó consigo. Ningún documento conocido demuestra que hubiera identificado a los ladrones, y conviene no confundir la promesa con la prueba.

Disparos a plena luz

Tampoco hay acuerdo sobre la fecha del crimen. La Opinión de Murcia habla del 11 de agosto y otra reconstrucción, del 12 hacia las tres de la tarde. La prensa de 1934 inclina la balanza hacia el domingo 12: el despacho que La Vanguardia imprimió el día 14, fechado en Murcia el 13, ya se refería al juez como asesinado la víspera. Hay un matiz: otra nota del mismo diario, del día siguiente, repite la palabra «ayer» con data del 14, probablemente por arrastre del texto de agencia. El juez acababa de tomar declaraciones en la cárcel y caminaba con el oficial Eduardo López de Haro cuando José de Luelmo Asensio, hermano del antiguo alcalde, le salió al paso y le disparó en el pecho.

Según la versión que La Vanguardia transmitió desde Murcia, no hubo discusión previa: el agresor se cruzó con el juez y le disparó a quemarropa mientras le gritaba «Toma, por canalla». Ahora describió la herida con precisión clínica, una bala que entró por el costado derecho y atravesó el cuerpo. El diario barcelonés corrigió también un detalle que había circulado: quien socorrió a la víctima fue el oficial del juzgado que la acompañaba, no el alguacil.

Vista de la plaza del Arco de Caravaca de la Cruz a través de un gran arco de piedra, con edificios históricos al fondo
La plaza del Arco, junto al Ayuntamiento de Caravaca, en febrero de 2025. En este entorno se produjeron los disparos de agosto de 1934. Foto: Ximonic (Simo Räsänen) / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Hubo más disparos. Uno iba contra el teniente de alcalde Hervás, a quien Ahora presenta como cuñado del juez. Otro alcanzó a Antonio Medina, un niño de ocho años que jugaba junto al Ayuntamiento. Sobre su herida las versiones difieren: La Opinión cuenta que hubo que llevarlo a Murcia para sacarle el proyectil, mientras que Ahora la calificó de leve. No hemos encontrado noticias posteriores sobre él.

A Martínez Alcayna lo atendieron en la Casa de Socorro y lo trasladaron a su casa, donde murió. Siempre según Ahora, el agresor buscó refugio en un local político y se practicaron detenciones entre los radicales-socialistas. El entierro se convirtió en un ritual de duelo cívico. Los comercios bajaron la persiana, una multitud siguió el féretro y el gobernador civil de Murcia presidió la comitiva y fue a ver al niño herido.

La pregunta que corrió por las calles era inevitable. El hombre que había disparado figuraba entre los investigados por el robo: ¿habían silenciado al juez?

Tres jueces y un sumario

La instrucción del robo pasó por varias manos en pocos meses, y esa rotación dice mucho del clima de la causa. El primer titular, Álvarez Manzano, recibió amenazas anónimas, igual que después Martínez Alcayna. Tras el asesinato, la Audiencia encargó la investigación del crimen al abogado fiscal Juan de Ona, según Ahora. El sumario de la Vera Cruz, por su parte, pasó a Joaquín Domingo Peña, un nombre que la prensa transcribió con vacilaciones y que, según La Vanguardia, confiaba en dar pronto con los culpables.

Para el historiador, estas notas breves tienen un doble valor. Fijan nombres y fechas que la memoria local había desdibujado y, a la vez, enseñan cómo nacía el relato. Las agencias enviaban despachos telegráficos desde Murcia, cada redacción los ajustaba a su manera y los errores de un día se corregían, o no, al siguiente. El alguacil que se convierte en oficial, el apellido que cambia de una edición a otra o el «ayer» que sobrevive a su fecha son huellas de esa cadena. Conviene tenerlas presentes antes de dar por cierto cualquier detalle repetido.

Una condena sin respuesta

La justicia de urgencia actuó deprisa. El 24 de agosto de 1934 la causa ya estaba en la Audiencia de Murcia, ante su Tribunal de Urgencia. La Opinión, apoyándose en la crónica de El Debate, cuenta que Luelmo admitió los hechos, reconoció haber esperado al juez cerca de una hora y atribuyó el ataque a la rivalidad política. El contexto lo hacía verosímil: el 20 de julio el gobernador civil había destituido al Ayuntamiento y su hermano Miguel había perdido la alcaldía. López de Haro, por su parte, recordó ante el tribunal que el juez estaba dispuesto a jugarse la vida por atrapar a los ladrones.

El fiscal reclamó 30 años de reclusión mayor y 50.000 pesetas de indemnización, y la sentencia fue de 33 años de prisión. El proceso aclaró quién disparó, pero no por qué. Nunca se demostró que el crimen sirviera para encubrir el robo. Haber estado bajo sospecha no equivale a haber matado para guardar un secreto, y es precisamente en ese hueco donde la memoria popular ha construido su propia versión.

De la amnistía al pelotón

La historia de Luelmo es la de un país que se partió en dos. La amnistía de 1936 lo dejó en libertad. Tras la Guerra Civil, su nombre aparece en la Causa General y en un procedimiento militar, la causa n.º 366, con sentencia fechada el 15 de agosto de 1939. Lo fusilaron en Caravaca el 20 de octubre de 1939 y sus restos están en una fosa común del cementerio municipal. Su hermano Miguel, que había sido alcalde por el Partido Republicano Radical Socialista y más tarde gobernador civil de Huelva, permaneció en el exilio hasta 1969, según El Noroeste Digital.

El nuevo régimen reabrió también el expediente del robo. De acuerdo con lo publicado a partir de Murcia, crimen y castigo, el juez militar Francisco Redondo Pérez retomó el caso el 27 de abril de 1939 con una hipótesis opuesta a la de 1934. Según esta, el butrón habría sido un decorado, la cruz habría salido del santuario por otros medios y, tras pasar de mano en mano, habría acabado en Madrid. Se habló incluso de logias masónicas, un recurso habitual en la retórica de posguerra. Nada de ello llegó a probarse, y varios acusadores retiraron sus declaraciones alegando que se las habían arrancado con coacciones y malos tratos.

Hubo nuevos archivos del caso en 1944 y otro más el 23 de julio de 1959, veinticinco años después de aquel Carnaval. La causa se cerró sin culpables.

Reinventar lo sagrado: tradición frente a archivo

¿Qué hace una comunidad cuando pierde su objeto de culto? Caravaca improvisó. En julio de 1935 procesionó una réplica de madera, y en las fiestas de 1940 una cruz tallada ocupó el relicario prestado por la familia Mata. Pozo recoge además un testimonio oral según el cual un Lignum Crucis de 1940 se habría perdido en la catedral de Murcia. No hay ningún papel que lo respalde, así que debe tomarse como lo que es, un recuerdo transmitido.

La sustitución definitiva llegó en 1942, y aquí el contraste entre memoria y documento es muy revelador. El relato que se repite en Caravaca atribuye los nuevos fragmentos a un gesto del papa Pío XII desde Roma, un origen a la altura de lo que se había perdido. Los papeles que estudió Pozo cuentan una historia más modesta. La reliquia llegó por correo certificado el 30 de abril de 1942 y la habían conseguido los claretianos Vidal y Bustince de una comunidad de monjas de Rieti. Su autenticidad la certificó el 15 de abril Moriondo, obispo de Caserta. El relicario que la acoge, copia del desaparecido, salió del taller de Beldarraín Hnos. y lleva fecha del 5 de mayo de 1943.

Que la tradición prefiera la versión pontificia no es una mentira, sino un mecanismo bien conocido: las comunidades tienden a ennoblecer el origen de sus objetos sagrados para restaurar el prestigio que la pérdida les arrebató.

La Cruz de Caravaca actual, dorada, sobre su carroza adornada con flores durante la procesión del Baño, rodeada de fieles
La cruz que hoy se venera, sobre su carroza en la procesión del Baño, el 3 de mayo de 2011. Foto: Mecun / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

Lo que queda cuando la reliquia falta

Hoy se venera en Caravaca una cruz que no es la de 1934, y la ciudad ha integrado esa ruptura en su propia historia. Del original quedan una lámina de 1889, algunos grabados y un expediente judicial tan voluminoso como inútil. Del juez quedó durante años una calle: la que entonces se llamaba Buenaventura Durruti, hoy calle Mayor, recibió el nombre de «Manuel Martínez», según recoge Murgetana.

Calle Mayor de Caravaca de la Cruz, estrecha y en cuesta, con fachadas tradicionales y viandantes
La calle Mayor de Caravaca en febrero de 2025. Según Murgetana, esta vía llevó durante un tiempo el nombre del juez asesinado. Foto: Ximonic (Simo Räsänen) / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.
Castillo-santuario de la Vera Cruz iluminado de noche sobre el cerro de Caravaca de la Cruz
El castillo-santuario de la Vera Cruz, en lo alto de Caravaca. Foto: Aleginonso / Wikimedia Commons, CC BY-SA 3.0.

Quizá esa sea la lección del caso. Los objetos sagrados no viven solo en los relicarios, sino también en lo que una comunidad recuerda, discute y vuelve a contar. La cruz de 1777 desapareció, pero la pregunta sobre su paradero lleva más de noventa años circulando por Caravaca.

Fachada barroca de la basílica-santuario de la Vera Cruz de Caravaca a la luz de la tarde
La basílica-santuario de la Vera Cruz en febrero de 2025. Foto: Ximonic (Simo Räsänen) / Wikimedia Commons, CC BY-SA 4.0.

Fuentes

  • Amparo Córcega, «El juez que prometió encontrar la Vera Cruz», La Opinión de Murcia, 31 de octubre de 2026.
  • Ahora (Madrid), 14 de agosto de 1934. Hemeroteca Digital de la Biblioteca Nacional de España.
  • La Vanguardia (Barcelona), «Robo escandaloso y sacrílego…», 15 de febrero de 1934, p. 23. PDF en la hemeroteca de La Vanguardia.
  • La Vanguardia, 14 de agosto de 1934, p. 23. PDF; y «Del asesinato del juez de Caravaca», 15 de agosto de 1934, p. 23. PDF.
  • José Antonio Melgares Guerrero, «El robo de la Vera Cruz de Caravaca (1934)», en Murcia, crimen y castigo, Archivo General de la Región de Murcia, 2008, pp. 141-160. Dialnet.
  • Indalecio Pozo Martínez, «Fiestas y Lignum Crucis… (1934-1942)», Murgetana, n.º 123, 2010. PDF en Región de Murcia Digital.
  • Murgetana, n.º 135. PDF en Región de Murcia Digital.
  • Antonio Alcaraz, El increíble y misterioso robo de la Vera Cruz de Caravaca, Punto Rojo, 2017.
  • Wikipedia, «Cruz de Caravaca».
  • Descubriendomurcia, serie sobre el robo de la Cruz (2012), basada en Murcia, crimen y castigo: descubriendomurcia.blogspot.com.
  • El Noroeste Digital, sobre Miguel de Luelmo y «La primera fotografía conocida de la Cruz de Caravaca».
  • Cronistas Oficiales, «¿Quién robó la Cruz de Caravaca?» (cronistasoficiales.com).
  • Imágenes: Internet Archive, British Library, Wellcome Collection, hemeroteca de La Vanguardia y Wikimedia Commons (autores y licencias en cada pie de foto).

Valentín Sarabia
(Investigador – Director Murcia Misteriosa)

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