Siete tumbas con misterio en la Región de Murcia: un tiro, una campana y una pirámide inacabada

Cada noviembre, los cementerios de la Región recuperan durante unos días el bullicio de una plaza. Hay cubos de agua, crisantemos, escaleras apoyadas en los nichos y conversaciones en voz baja con quien ya no responde. Es uno de los rituales más persistentes de nuestra cultura: volver al lugar de los muertos para recordar quiénes fuimos.
Pero un camposanto es también un archivo de piedra, y algunas de sus páginas se resisten a la lectura. En este recorrido nos detenemos en siete sepulturas repartidas entre Yecla, Cartagena, Murcia, Águilas y Jumilla. Las une algo más que la muerte: un verso que menciona un disparo, un mecanismo contra el miedo a despertar bajo tierra, una pirámide sin terminar, una figura de mármol que parece danzar, el cortejo de un sabio extranjero, una maestra sin nombre y una cuneta que la memoria se negó a olvidar. En cada caso indicaremos qué se apoya en documentos, qué procede de testimonios y qué pertenece a la tradición.
1. Yecla: diez versos y un disparo
En el siglo XIX, el epitafio era la última palabra pública de una familia. Quien pagaba una losa pagaba también el derecho a contar, en pocas líneas, cómo quería ser recordado su muerto. Por eso la que hoy ocupa el nicho 227 del cementerio de Yecla, llevada allí desde el camposanto viejo en algún traslado, llama tanto la atención. Recuerda a Antonio Herrero, un joven de 25 años cuya muerte data la lápida el 23 de diciembre de 1856, y lo hace con un poema de diez versos firmado por su esposa y sus padres. El primero ya lo dice casi todo:
«Cual el tiro que le hiere»
Epitafio de Antonio Herrero (1856), según la transcripción de F. J. Delicado Martínez
El resto del poema compara la rapidez de la herida con la del viento y deja claro que el joven murió de un disparo. En 1997, Rubén Castillo Gallego lo incluyó en su estudio sobre la poesía funeraria matrimonial de los cementerios murcianos, donde lo señaló como el ejemplo más antiguo que había encontrado en la Región. Años más tarde, en 2014, Francisco Javier Delicado lo situó en su contexto yeclano y aventuró una explicación: un lance de honor entre caballeros.
Esa hipótesis es sugerente, pero sale de la lectura del poema, no de un expediente. No conocemos ningún documento que hable de un duelo, de un accidente de caza o de un crimen. El misterio de Herrero es, en el fondo, el de tantos epitafios: la familia eligió recordar el modo en que murió y calló la causa. Sabemos además que el recinto no se cuidó demasiado, porque en 1892 el semanario yeclano La Soflama denunciaba su estado lamentable.
Las vistas antiguas de la ciudad ayudan a imaginar el escenario. A comienzos del siglo XX Yecla era todavía una población agrícola y compacta, recogida al pie del cerro del Castillo, con los campos de cereal y viñedo llegando casi hasta las últimas casas. En ese paisaje, el cementerio quedaba a las afueras, como mandaban las normas higienistas, y los traslados de restos de un recinto a otro eran operaciones en las que muchas lápidas se perdían o cambiaban de lugar. La de Antonio Herrero sobrevivió a esos movimientos.


2. Cartagena: campanas para los que despiertan
Pocas angustias han marcado tanto la cultura funeraria europea como el temor a ser sepultado con vida, la tafofobia. Antes de que la medicina dispusiera de instrumentos para certificar la muerte sin margen de duda, estados como la catalepsia podían confundirse con ella, y la imaginación del siglo XIX se llenó de historias de tapas arañadas. La respuesta fue técnica: los ataúdes de seguridad, en los que un cordón ligaba la mano del difunto a una campana en la superficie.

Los diseños se multiplicaron durante más de un siglo. B. G. Peßler propuso en 1798 un mecanismo para salvar a los «muertos aparentes». En 1829 el Dr. Taberger publicó el suyo, en 1843 C. H. Eisenbrandt registró en Estados Unidos un féretro que llamó «salvavidas» y en 1868 Franz Vester patentó otro con un tubo hacia la superficie.




¿Llegó esa obsesión al cementerio de Nuestra Señora de los Remedios? El historiador Santi García, autor de Cementerios insólitos: Cartagena (2021), sostiene que sí. Según él, en algunas exhumaciones y traslados aparecieron esqueletos en posturas forzadas, con los brazos alzados y señales en el interior de la tapa. Entre esos casos sitúa el de Silverio Díez, inhumado en 1887. Sobre otra sepultura describe un soporte de hierro rematado por un adorno en forma de clave de sol y un gancho que, a su juicio, sostenía la cuerda de una campana. Lo presenta como el primer ejemplo de ese tipo que ha podido documentar. Menciona también soportes en forma de cuna para niños, con cuatro cordeles que irían a manos y pies.

La sección de párvulos es un buen recordatorio de lo que significaba la muerte infantil en la Cartagena del siglo XIX. Las epidemias y la mortalidad de los primeros años llenaban estas pequeñas fosas con una regularidad que hoy cuesta concebir. Es en este contexto, y no en el de la curiosidad macabra, donde hay que situar los supuestos dispositivos para niños de los que habla García: el miedo a enterrar vivo a un hijo era la forma extrema de un duelo muy frecuente.
Hay que leer todo esto como lo que es: la interpretación de un investigador, sin documentación publicada que vincule un mecanismo concreto con la tumba de Silverio Díez. El propio García aporta, además, un contexto antropológico más amplio. Las campanas de cementerio no servían solo para avisar: la creencia popular les atribuía el poder de ahuyentar a los malos espíritus. Las llamas azuladas que a veces brotaban de las fosas, que hoy explicamos como fuegos fatuos, se interpretaban como almas en pena. Y en Los Remedios trabajó a finales del XIX un tal Antonio, «el campanero», que recorría pueblos y aldeas anunciando a toque de campana el nombre de los difuntos y cobraba por kilómetro recorrido.

3. Espinardo: el dentista ruso y su pirámide a medias
Los cementerios católicos del siglo XIX reservaban un rincón aparte para quienes quedaban fuera de la ortodoxia. En el de Nuestro Padre Jesús, en Espinardo, ese espacio era el departamento de disidentes, junto a la calle Amargura. Allí se levanta solo la base de una pirámide que nunca se completó. Iba a ser el panteón de Carlos Franzelius Gregorius, apellido que los documentos y la prensa escriben también Francelius o Franceluis.
Su biografía parece de novela, pero está bien asentada en el estudio que le dedicó la investigadora Carmen Guillén Lorente. Nació hacia 1817 en San Petersburgo y en 1859 ya ofrecía en Murcia sus servicios de dentista. En 1876 figuró entre los primeros en lograr en España la titulación oficial de cirujano dentista. Invirtió en minas de Mazarrón, Totana y Alhama, y su fortuna se asoció al castillo de los Vélez de Mazarrón, que según Murcia Plaza llegó a comprar.
Su faceta menos visible encaja en el ambiente de su tiempo. En las logias usaba nombres simbólicos: «Frank» en la Antigua Sparta de Cartagena y el cargo de «Archivero» en la Caridad de Murcia. Además, Santi García lo cuenta entre los asistentes habituales a las sesiones espiritistas que proliferaron en la Región, como las de la sociedad «Ecos de Ultratumba», fundada en La Unión en 1892.
Se cuenta que el monumento debía orientarse hacia una de las estrellas del Dragón, la constelación boreal. Es un detalle muy repetido en prensa y divulgación, pero no lo hemos encontrado en documentos de primera mano, así que lo tratamos como tradición. Lo que sí es indiscutible es la base de piedra, hoy incluida entre los elementos protegidos del cementerio.
4. Cartagena: una niña de mármol para una tragedia
El arte funerario del siglo XX abandonó a menudo los ángeles dolientes por figuras más íntimas. En Los Remedios, el sepulcro de la familia Meseguer guarda una de las más conmovedoras. Es La Bailarina, tallada en mármol blanco por Antonio García Mengual en 1972. Del mismo autor son el Cristo en la cruz y la Piedad que completan el conjunto.

La escultura está dedicada a Caridad Meseguer, una de las diez víctimas de la Velada Marítima de 1972. Este desfile nocturno de carrozas flotantes por la dársena cerraba las fiestas del Carmen y de Santiago, y tenía tras de sí una larga tradición: a comienzos de siglo ya se botaban en el puerto artefactos tan vistosos como el elefante que recoge una fotografía de 1901. Según la crónica enviada desde Cartagena a La Vanguardia, la desgracia ocurrió de madrugada, en las primeras horas del 26 de julio. La carroza «Río Tajo», que pertenecía al Ayuntamiento, navegaba en noveno lugar y no competía en el concurso. Llevaba casi un centenar de personas a bordo. Se escoró hacia babor, al parecer porque buena parte del pasaje se desplazó a ese costado para saludar a las autoridades, y se hundió en pocos segundos. El impacto en la ciudad fue tal que las fiestas se suspendieron indefinidamente. No hubo nada comparable hasta que, en 1990, nacieron Carthagineses y Romanos.

Sobre la niña sabemos poco, pero la prensa de 1972 confirma lo esencial. La misma crónica de La Vanguardia del 27 de julio da sus doce años y cuenta que el alcalde, Ginés Huarte Celdrán, presidió su entierro, que fue uno de los primeros en celebrarse. El periódico escribe su segundo apellido de dos maneras, Martín y Martínez, una vacilación que no hemos podido resolver. Entre los rescatados había familiares del propio alcalde, concejales y la reina de las fiestas. La ciudad declaró luto oficial y celebró funerales en Santa María de Gracia. Lo que no consta en ningún sitio es que Caridad bailara. La postura de la figura es, más bien, una elección de su familia y del escultor: recordarla en movimiento, no yacente.

5. Águilas: el cortejo de un sabio belga
Algunas tumbas cuentan la historia de una migración. Luis Siret llegó a España en 1881 con su hermano Enrique. Había nacido en Saint-Nicolas, en Flandes, el 26 de agosto de 1860, y trabajaba como ingeniero en la minería del sureste. Lo que hizo fuera de las minas lo convirtió en una figura clave de la prehistoria peninsular, con las excavaciones de El Argar, Los Millares y Villaricos. Hoy se le considera además el padre del Museo de Almería.
Su obra fundamental, firmada con su hermano, fue Les premiers âges du métal, dedicada al sureste de España, publicada en Amberes a finales de la década de 1880 y premiada en Barcelona. El libro dio a conocer a la ciencia europea la cultura argárica y convirtió el sureste peninsular en un referente de la arqueología de la Edad del Bronce. Siret combinaba el rigor del ingeniero con una notable capacidad de dibujo: sus láminas de ajuares y sepulturas siguen siendo una fuente de consulta.




Murió en Las Herrerías, en Cuevas del Almanzora, el 7 de junio de 1934. Esa es la fecha que da el Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia y la que seguimos aquí, aunque alguna noticia reciente habla del 7 de agosto. Está enterrado en Águilas con su esposa, Magdalena Belpaire, y en la sepultura figuran los homenajes de Águilas y de Cuevas del Almanzora.
El historiador Juan Grima aporta dos recuerdos que dicen mucho de la relación de Siret con su entorno. Uno es que promovió escuelas para los hijos de los mineros de Sierra Almagrera. El otro, que fueron sus propios trabajadores quienes cargaron el ataúd hasta Águilas en una marcha que ocupó toda una jornada. No tenemos otra fuente para ninguno de los dos. Si fue así, aquel cortejo a pie fue un homenaje de los suyos, más elocuente que cualquier lápida.
6. Murcia: María Maroto, la maestra que esperó una placa
El cementerio de Nuestro Padre Jesús nació en 1885, en plena epidemia de cólera, para sustituir a los camposantos anteriores. Hoy acoge a unas 170.000 personas. Entre ellas, durante casi seis décadas, hubo una mujer cuya tumba no llevaba nombre a pesar de que su ciudad le debía mucho.
María Maroto nació en Madrid en 1878 en una familia de impresores. Tenía unos veinte años cuando perdió a su padre, y en octubre de 1899 obtuvo el título de Maestra Normal. Tras un primer destino provisional en Segovia, en 1903 pasó a dirigir como regente la escuela femenina aneja a la Normal de Murcia, puesto que desempeñó durante 45 años, y desde 1906 enseñó también en la Escuela Normal. En 1908 se casó con Manuel Herrero Sivera. Defendió que la inteligencia de las mujeres merecía las mismas oportunidades que la de los hombres, y para ello miró a los sistemas educativos de países como Francia, Suiza o Bélgica. Su colegio acabó llevando su nombre, y la ciudad le dedicó una placa en su fachada el 16 de mayo de 1951.
Su trayectoria pública coincidió con las grandes esperanzas educativas del siglo. Tanto La Opinión de Murcia como la biografía que le dedica la Wikipedia en español la sitúan en las Misiones Pedagógicas de la República, que llevaron bibliotecas, cine y música a pueblos de la Región. La guerra lo cambió todo: fue apartada de la dirección y sometida al expediente de depuración del magisterio. Cuando este se resolvió, en 1941, recuperó la regencia de la escuela aneja, y la conservó hasta jubilarse en 1948, ya septuagenaria. En 1952 Murcia le dedicó una calle, y un colegio público de la ciudad lleva hoy su nombre. El periodista Antonio Botías la incluyó entre sus «murcianas de dinamita».
La fecha de su muerte merece una nota de cautela. Se repite que murió el día de su cumpleaños, el 15 de agosto de 1966, pero la propia Wikipedia cita una necrológica aparecida en la Hoja del Lunes, un semanario que salía los lunes, con fecha del 14, que era domingo. Sin consultar ese ejemplar o el registro civil no podemos cerrar la cuestión. Llama la atención, en cualquier caso, que aquella nota elogiara a la mujer y omitiera por completo a la maestra republicana. Lo comprobado es el final de la historia: el 10 de marzo de 2024, las concejalas Ascensión Carreño y Pilar Torres colocaron por fin una placa en su sepultura, como parte del itinerario municipal «Mujeres Murcianas en el recuerdo». Es un buen ejemplo de cómo la memoria colectiva, también la de los cementerios, se escribe y se corrige con el tiempo.
7. Jumilla: el pianista de la «curva de los muertos»
Antonio Martínez Abellán firmaba con un seudónimo de aire inglés, «Fieldman», que La Opinión traduce como «hombre del campo». Fue músico y crítico, y durante tres años tocó el piano en un circo. El 16 de junio de 1939, con la guerra recién terminada, lo mataron con otros tres hombres: Francisco Terol González, Jesús Jiménez Molina y Bartolomé Martínez Tomás.
El Catálogo de Fosas de la Región atribuye las muertes a la Guardia Civil, en las cercanías de Fuente del Pino. Según explicó en la Cadena SER el historiador Antonio Martínez Ovejero, no hubo juicio. Se aplicó la llamada «ley de fugas» y los cuerpos quedaron en una cuneta que los vecinos acabaron llamando la «curva de los muertos». Ese topónimo popular es, en sí mismo, un documento: la comunidad no podía hablar abiertamente, pero bautizó el lugar.
La recuperación de los restos fue igual de silenciosa. Fue el párroco, Juan Cortés Pérez, quien movió los permisos con el juzgado y con el gobernador civil Nicolás de las Peñas, y la exhumación se llevó a cabo de madrugada, sin testigos ni publicidad, para dar sepultura a los cuatro en el cementerio de Jumilla. Para Martínez Ovejero, es la primera vez que se desenterraba a víctimas de la represión en la Región con Franco aún en el poder. Su fecha sigue en discusión: 12 de junio de 1964 según La Opinión y 1967 según la SER.
La memoria de Fieldman ha vuelto a sonar recientemente. En diciembre de 2023, el investigador Juan González Cutillas, «Chupé», le dedicó una conferencia en la sede jumillana de la Casa de la Música. Gran parte del material que la sustentó lo había conservado la familia de Juan Hernández. Al terminar, Elisabet Culebras y Javier Bas estrenaron seis canciones infantiles suyas localizadas en la Biblioteca Nacional.

Lo que la piedra calla
Una lápida es un texto muy breve, escrito para durar y casi siempre incompleto. En estas siete sepulturas lo que falta pesa tanto como lo que se lee. No sabemos quién disparó en Yecla, ni si alguna campana sonó en Cartagena, ni hacia qué estrella miraba la pirámide de Espinardo. Sí sabemos que los cementerios guardan algo más que restos: conservan las formas en que cada época quiso enfrentarse a la muerte, sus miedos, sus creencias y también sus silencios.
Quizá por eso cada Todos los Santos sigue teniendo sentido. Limpiar una losa o colocar una flor también es una forma de seguir haciendo preguntas.
Fuentes
- Juanjo Raja, «Las tumbas más enigmáticas de la Región de Murcia», La Opinión de Murcia, 31 de octubre de 2026.
- Francisco Javier Delicado Martínez, «Espacios funerarios, arquitectura, narrativa y rito en el ámbito de Yecla (Región de Murcia)». Dialnet (PDF).
- Rubén Castillo Gallego, «Matrimonio y muerte en los cementerios murcianos», Revista Murciana de Antropología. Universidad de Murcia.
- Santi García, «Una llamada perdida… del cementerio», Murcia Plaza; y Cementerios insólitos: Cartagena (2021). Reseña en La Verdad.
- Carmen Guillén Lorente, «Carlos Franzelius Gregorius. Un cirujano dentista de origen ruso en la Murcia del siglo XIX», en Antropología e historia biográfica: estudios en el cementerio municipal de Murcia, 2021, pp. 43-60. Dialnet.
- Ficha del volumen en Editum (Universidad de Murcia); y «Migrantes enterrados en Murcia», La Verdad, 10 de noviembre de 2020.
- «Necromancia en la Región de Murcia del siglo XIX», Murcia Plaza, 21 de abril de 2023.
- «La trágica Velada Marítima», La Verdad, 2022; «La última Velada Marítima», La Verdad, 2013.
- La Vanguardia (Barcelona), 27 de julio de 1972, crónica desde Cartagena sobre la Velada Marítima: p. 3 y p. 9 (hemeroteca de La Vanguardia).
- Alfredo Mederos Martín, «Luis Siret y Cels», Diccionario Biográfico, Real Academia de la Historia.
- Wikipedia, «Luis Siret».
- Ayuntamiento de Murcia, homenaje a María Maroto en el cementerio de Nuestro Padre Jesús, murcia.com, 10 de marzo de 2024.
- «María Maroto», Murcia, Región de Mujeres (a partir de la conferencia de Cristina Herrero Pascual, 2014).
- Wikipedia, «María Maroto».
- Cadena SER Murcia, entrevista al historiador Antonio Martínez Ovejero, 28 de febrero de 2019.
- Catálogo de Fosas de la Región de Murcia, mapa de fosas.
- «Juan González Cutillas dio a conocer la figura del gran músico Fieldman», Siete Días Jumilla.
- Imágenes: Wikimedia Commons, Wellcome Collection, Museo Arqueológico Nacional, Staatsbibliothek zu Berlin y Cartagena Antigua (autores y licencias en cada pie de foto).
Valentín Sarabia
(Investigador – Director Murcia Misteriosa)


