Trincabotijas: la noche en que estalló el polvorín del Comandante Royo

Faltaban más de tres horas para que amaneciera. Era el 30 de noviembre de 1950 y Cartagena dormía con las persianas bajadas. A las cuatro y veinte, un estampido llegó desde la boca del puerto y recorrió la ciudad. A juzgar por los papeles municipales, hizo temblar los cristales del muelle, sacudió tejados en el Ensanche y, según recordaría décadas después el hombre que cuidaba el reloj del Ayuntamiento, dejó la esfera hecha pedazos. Acababa de volar el polvorín instalado en la vieja batería de Trincabotijas Alta, la que el Ejército llamaba desde 1911 «Comandante Royo».
Al día siguiente la versión oficial redujo el episodio a unas pocas líneas tranquilizadoras. Esta entrada intenta mirar lo que quedó fuera de ese parte: tres siglos de piedra y cañones en una punta de la bocana, un nombre que nadie ha sabido explicar, un héroe de Melilla convertido en topónimo y una noche que la ciudad ha recordado a su manera. Separaremos con cuidado lo que dicen los documentos, lo que cuentan los testigos y lo que pertenece ya a la memoria colectiva.
Un nombre que suena a taberna
Trincabotijas no parece un nombre militar. Suena más a mote de taberna que a fortificación, y quizá por eso se queda en la memoria de cualquiera que lo oiga. Designa una lengua de roca en la orilla oeste de la entrada al puerto, encima de Cala Cortina y justo enfrente del Fuerte de Navidad. Desde allí, una pieza de artillería podía batir a cualquier barco que buscara el abrigo de la dársena.
El origen del nombre es un enigma. Ninguna de las fuentes que he consultado lo aclara, y prefiero dejarlo así antes que inventar una etimología. Lo que sí sabemos es cómo se escribía hace más de tres siglos: «Trinca Botigas», con la grafía vacilante de la época, en un plano de 1675. Los nombres de lugar suelen nacer del habla cotidiana de pescadores, pastores o soldados, y este tiene todo el aire de haber salido de la calle antes de llegar a los papeles oficiales.

Tres siglos vigilando la bocana
Durante mucho tiempo la defensa de Cartagena se concentró al pie del castillo de la Concepción, porque los cañones no daban para más. La idea de adelantar la línea de fuego hasta la misma boca del puerto tiene fecha: el 25 de junio de 1641 se hizo la llamada «experiencia de Trincabotijas». Según AFORCA, la asociación que estudia y divulga las fortificaciones cartageneras, se instaló allí una pieza y se disparó varias veces para medir su alcance, y los proyectiles llegaron hasta la isla de Escombreras y la Algameca Grande. La conclusión era evidente: quien dominara aquella punta podía cerrar la bahía antes de que el enemigo entrara en ella.
Las fuentes discrepan sobre cuándo se levantó la primera batería estable. AFORCA menciona un proyecto de 1610 y obras en 1672, y sitúa en 1686 la primera referencia documental segura. Región de Murcia Digital, por su parte, habla de una construcción de finales del XVII cuya plataforma se hundió y tuvo que rehacerse hacia 1770. Entre unas fechas y otras se encuentra el testimonio gráfico más antiguo que he podido localizar: el plano que el ingeniero Juan Bautista Balfagón firmó el 5 de enero de 1675, pensado para que el gobernador pudiera pedir fondos con los que construir el fuerte.


El gran cambio llegó con el Plan de Defensa de 1860, conocido como Plan O’Donnell. Aquel viejo enclave se desdobló en dos posiciones: Trincabotijas Baja, a unos 50 metros sobre el mar, y Trincabotijas Alta, algo por encima de los 90 (las cifras varían ligeramente según la fuente). Según la prensa de 1861 que cita el historiador Juan Ignacio Ferrández, en estas obras y en las de otras baterías vecinas trabajaron cientos de braceros, presidiarios y zapadores. Ferrández recoge también un bando de 1886 del gobernador militar que solo permitía circular de noche por aquellos caminos en grupos de tres personas como máximo, atentos al «¿quién vive?» de los centinelas. Es un detalle menor, pero dice mucho de cómo vivía la ciudad a la sombra de sus fortificaciones: unos montes que se veían desde cualquier azotea y en los que, sin embargo, no se podía entrar.

Las baterías aparecen también en la iconografía del Cantón. En el lienzo de Joan Font i Vidal sobre el combate naval del 11 de octubre de 1873, la descripción de la obra identifica en la costa las baterías de Santa Florentina o Trincabotijas, junto a San Julián y Santa Ana. Es un recordatorio de que estas piedras no fueron solo escenario de maniobras, sino de una guerra real entre españoles.

El final del siglo XIX trajo la artillería pesada. En la batería baja se montaron en 1898 dos cañones Krupp de 30,5 cm, modelo 1887, capaces de alcanzar unos doce kilómetros. En la alta se instalaron seis obuses Ordóñez de 24 cm, modelo 1891, una pieza de costa de diseño español. Región de Murcia Digital da un calibre de 260 mm que no coincide con el resto de fuentes. Ferrández añade algunos episodios que no he podido confirmar en otros documentos: el desembarco de los obuses en el muelle de Alfonso XII en el verano de 1900, dos visitas de Alfonso XIII en 1903 y 1907 y una excursión de futuros oficiales de la academia de ingenieros militares de Guadalajara en 1909.
Aquellas piezas tienen su propia historia. Los Krupp formaban parte de un lote de quince cañones de 30,5 cm que España compró en Alemania entre 1882 y 1889, en plena ansiedad naval: la crisis de las islas Carolinas de 1885, cuando una cañonera alemana plantó su bandera en un archipiélago que Madrid consideraba suyo, dejó claro que las costas españolas estaban mal guarnecidas frente a los acorazados modernos. Según AFORCA, el lote se repartió entre Ceuta, Mahón, Cádiz, La Habana y Cartagena, y a esta última le tocaron cuatro, dos para Trincabotijas Baja y dos para Santa Ana. Los obuses de la batería alta, en cambio, eran de diseño nacional, obra del general Salvador Díaz Ordóñez. En cuanto a la reforma de la alta, el blog Portal de Cartagena sitúa su arranque en 1899 y su artillado completo, con las seis barbetas ocupadas, en 1907.


Un nombre para un muerto de Melilla

Detrás del nombre que acabaría llevando la batería alta hay una biografía corta y bastante típica del Ejército de la Restauración. José Royo de Diego era madrileño y, según el Instituto de Historia y Cultura Militar, ingresó en 1879 (el 23 de julio) como cadete de la Academia de Artillería. Su carrera transcurrió en buena parte en las guarniciones del norte de África: había servido en Melilla, en las islas Chafarinas y en el Peñón de Vélez de la Gomera antes de volver a Melilla en mayo de 1909, con el grado de comandante. Y, como revela un documento que he localizado en el Diario Oficial del Ministerio de la Guerra y del que hablaré enseguida, en algún momento anterior había mandado precisamente la batería de Trincabotijas Alta. El homenaje de Cartagena no era, por tanto, a un héroe lejano, sino a un antiguo jefe de la casa.
El verano de 1909 fue el de la guerra de Melilla, la que en la Península desembocaría en la Semana Trágica de Barcelona. La noche del 18 de julio los rifeños atacaron la posición de Sidi Ahmed el Hach, donde estaban emplazadas unas piezas de montaña de 9 cm en el flanco izquierdo. Royo y el capitán Enrique Guiloche Bonet se negaron a abandonarlas y murieron junto a ellas; los cañones no cayeron en manos enemigas. La crónica de Augusto Riera, publicada aquel mismo año, incluye a ambos en las listas de bajas de esos días y reproduce el retrato de Royo que acompaña esta entrada. Los dos artilleros reposan hoy en el Panteón de Margallo del cementerio de Melilla, y la ciudad les dedicó sendas calles.

El reconocimiento oficial llegó en dos tiempos. El Instituto de Historia y Cultura Militar registra la concesión a ambos, a título póstumo, de la Laureada de San Fernando, en su cruz de primera clase, publicada en el Diario Oficial nº 89 de 24 de abril de 1910, con una pensión anual de 500 pesetas en el caso de Royo y de 375 en el de Guiloche. Medio año después, el 25 de octubre de 1910, el Senado tomó en consideración una proposición firmada por el senador Tomás Maestre y otros seis colegas que pedía a la Cámara declarar que los dos oficiales, muertos por no dejar sus piezas, merecían la Laureada. No he podido aclarar si los senadores desconocían la concesión o buscaban un homenaje parlamentario añadido; en cualquier caso, la muerte de Royo tuvo eco en Madrid.
Cartagena dio el paso siguiente. Los jefes y oficiales artilleros destinados en la plaza, reunidos en junta, levantaron un acta pidiendo honrar su memoria, el capitán general de la tercera región la remitió al ministerio con un escrito del 10 de noviembre de 1910, y el 24 de enero de 1911 una Real Orden firmada por el ministro de la Guerra, el general Aznar, dispuso que la antigua Trincabotijas Alta pasara a denominarse «Batería del comandante Royo». La orden apareció en el Diario Oficial del 26 de enero, autorizaba también a colocar una lápida conmemorativa y dejaba constancia de que Royo había mandado aquella batería. Con ese texto queda resuelta la discrepancia de fechas: la ficha de AFORCA que habla del 30 de noviembre de 1911 se equivoca, y acierta su web, que da el 24 de enero.

El gesto tiene una lectura antropológica clara: el Ejército convertía a un muerto en lugar, de modo que cada relevo de guardia en Trincabotijas repetía, sin quererlo, el apellido de un héroe. Era además un homenaje de compañeros, nacido en la propia Comandancia y no impuesto desde arriba. Según AFORCA, un retrato de Royo se conserva en el Museo Histórico Militar de Cartagena. De la lápida autorizada en 1911 no he encontrado rastro.
De batería a polvorín
La técnica avanza deprisa, y las fortificaciones envejecen con ella. Cuando en 1933 se artilló la batería de Aguilones, la de Comandante Royo ya había salido de la organización táctica y perdido su razón de ser. Tras la Guerra Civil se le dio un uso más modesto y bastante más peligroso: los repuestos excavados bajo sus explanadas se habilitaron para guardar la pólvora del regimiento. Ese fue el depósito que estalló en 1950.
Las cuatro y veinte de la madrugada
El Gobierno Militar redactó una nota y la agencia Cifra la distribuyó. El 1 de diciembre de 1950, La Vanguardia Española de Barcelona la publicó en su página 4 bajo un titular escueto. Según aquel texto, la explosión se había producido en un depósito de pólvora de la zona de Trincabotijas, en el frente izquierdo de la bocana, a unos dos kilómetros de la ciudad, cerca del faro de Curra y del paraje de Cala Cortina. Lo esencial cabía en una frase:
«sin que hayan ocurrido desgracias personales»
Nota del Gobierno Militar, La Vanguardia Española, 1-12-1950, p. 4
La nota calificaba además los daños de menores. Conviene leerla como lo que era, un parte oficial redactado en un régimen que cuidaba mucho la imagen de sus instituciones, más aún si eran militares. No hay por qué suponer que mintiera en lo de las víctimas, porque todas las fuentes coinciden en que no las hubo. Lo que sí hizo fue rebajar el tono de lo ocurrido. Un detalle más: AFORCA y una memoria técnica del Ministerio para la Transición Ecológica sitúan la explosión el 14 de noviembre. Aquí sigo la fecha de la prensa del momento, que publicó la noticia al día siguiente con data en Cartagena el día 30.
He intentado comprobar cuál de las dos fechas es la buena. He rastreado página a página La Vanguardia del 15 y del 16 de noviembre y las ediciones de Madrid y Sevilla de ABC de esos mismos días, y en ninguna aparece una explosión en Cartagena. (ABC tampoco la recoge el 1 y el 2 de diciembre, señal de que la nota oficial no llegó a todos los diarios.) La única noticia que encuentro es la del 1 de diciembre, con el despacho fechado el 30 y la precisión de que el suceso había ocurrido esa misma madrugada. Una voladura de ese calibre, que rompió cristales en media ciudad, difícilmente habría pasado quince días sin aparecer en la prensa nacional. Mi conclusión es que la explosión ocurrió en la madrugada del 30 de noviembre de 1950 y que el 14 de noviembre es un error que se ha ido copiando de una fuente a otra; la prueba definitiva estaría en El Noticiero de Cartagena de esas semanas, que no he podido consultar.

Lo que cuentan los papeles
Frente a aquella versión oficial están los papeles administrativos, que suelen ser menos elocuentes pero más honestos. Ferrández ha localizado en el Archivo Municipal de Cartagena varios certificados que el secretario del Ayuntamiento expidió para que los vecinos afectados pudieran reclamar a sus seguros. Según su relato, la onda expansiva alcanzó la sucursal del conocido Bar Americano en el muelle de Alfonso XII, rompió espejos y vitrinas en una vivienda de la calle del Carmen y dañó tejados, cristales y carpinterías en varias casas del Ensanche, ya lejos del puerto. Una nota municipal valoró los destrozos en 15.000 pesetas en el Palacio Consistorial y en 25.000 en el Parque de Bomberos.
No he podido consultar esos certificados originales, así que atribuyo los datos a su descubridor. Aun así, muestran bien la distancia que había en la España de posguerra entre el lenguaje oficial y la experiencia de la gente: en el periódico, poca cosa; en el archivo municipal, un reguero de cristales rotos que llegaba de la bocana hasta el corazón de la ciudad.
La memoria: un reloj y un centinela

Las ciudades no recuerdan con cifras, sino con imágenes. Pasadas casi cuatro décadas, en 1989, José Porras Ketterer, entonces encargado del reloj municipal, contó en una entrevista citada por Ferrández que la esfera del reloj del Ayuntamiento se rompió aquella noche por culpa del polvorín. Es un testimonio tardío y de una sola persona, pero tiene la fuerza de los buenos símbolos: el tiempo de la ciudad, literalmente, saltó en pedazos.
La otra imagen procede de la propia batería. AFORCA recoge que el centinela de guardia salió despedido por los aires y aun así sobrevivió. No he encontrado ningún documento que lo confirme, de modo que lo trato como lo que probablemente es, un relato transmitido entre artilleros y aficionados a la historia militar. Su estructura es la de tantas historias de salvaciones prodigiosas: alguien está en el peor lugar posible en el peor momento y vive para contarlo. Que sea verdad o no importa menos que su función, que es poner un rostro humano a una explosión que la nota oficial dejó en la abstracción.
La ficha técnica de AFORCA sí describe los daños materiales en la batería: la deflagración arrasó el sexto asentamiento de obuses y parte del cuartel semienterrado. Los subterráneos que hoy echan en falta quienes recorren el lugar desaparecieron, por tanto, aquella madrugada.
Ruinas con dueño
Trincabotijas Alta es hoy un Bien de Interés Cultural, como el resto de fortificaciones históricas de la costa cartagenera. En noviembre de 1995 se hizo pública su venta, junto al castillo de San Julián, a Telefónica, su actual propietaria. Quien sube hasta allí encuentra barbetas vacías, muros desmochados y, en la parte trasera, una pequeña construcción en forma de pirámide que, según AFORCA, servía de puesto de mando y alojaba el telémetro con el que se calculaba la distancia de tiro.
La batería baja tuvo otra suerte. Perdió sus Krupp, que hacia 1941 se trasladaron a la batería de El Palmero, en Tarifa, cuando el Estrecho pasó a ser prioritario, y en 1960 se cedió a la Armada. Desde entonces funciona allí una estación que registra la huella magnética de los barcos que pasan entre dos boyas, aunque ya está proyectado su traslado a las cercanías de La Algameca.
Una explosión pequeña, una memoria grande
Comparada con otras catástrofes del siglo XX, la de Trincabotijas fue un suceso menor: no hubo muertos y los daños se pagaron en pesetas. Precisamente por eso es un buen caso de estudio. Permite ver cómo una misma noche queda registrada de tres maneras distintas: en la nota oficial que minimiza, en el expediente municipal que contabiliza y en la memoria oral que convierte el estruendo en un reloj roto y un soldado que vuela y se salva. Ninguna de las tres basta por separado. Juntas componen algo parecido a la verdad.
Cuando hoy se pasea por Cala Cortina, las ruinas de lo alto parecen solo parte del paisaje. Pero ese monte guarda tres siglos de vigilancia sobre la bocana, el apellido de un comandante muerto en África y el eco de una madrugada en la que Cartagena se despertó de golpe sin que nadie, oficialmente, tuviera nada que lamentar.
Fuentes
- «Explosión de un depósito de pólvora en Cartagena», La Vanguardia Española, 1-12-1950, p. 4 (nota del Gobierno Militar, agencia Cifra).
- Prensa de comprobación: La Vanguardia Española, 15-11-1950 y 16-11-1950; ABC, Madrid, 1-12-1950 (y ediciones de Madrid y Sevilla de 15, 16 de noviembre y 2 de diciembre).
- Diario Oficial del Ministerio de la Guerra, núm. 20, 26-1-1911, Real Orden de 24-1-1911 (Biblioteca Virtual de Defensa).
- Diario de las Sesiones de Cortes. Senado, sesión del 25-10-1910, p. 716.
- Augusto Riera, España en Marruecos. Crónica de la campaña de 1909, Barcelona, 1909.
- Juan Ignacio Ferrández García, «Trincabotijas y la explosión de su polvorín en Cartagena», La Opinión de Murcia, 1-11-2026.
- AFORCA: Batería del Comandante Royo, Batería de Trincabotijas Baja y fichas Trincabotijas Alta o Cte. Royo y Trincabotijas Baja (PDF).
- Ministerio para la Transición Ecológica, memoria de rectificación del deslinde de Trincabotijas (PDF).
- Portal de Cartagena, «Batería del Comandante Royo», 2008.
- Región de Murcia Digital, Batería de Trincabotijas Alta: historia.
- Cadena SER Radio Cartagena, «Las Fortalezas de la Ruta» pone el foco en Trincabotijas, 11-3-2026.
- Instituto de Historia y Cultura Militar, Laureados de San Fernando (Melilla) (PDF); MelillaHoy, «Aquel 18 de julio de 1909»; J. A. Gómez Vizcaíno, «El Comandante de Artillería D. José Royo de Diego» (2006).
- Wikipedia: Fuerte de Navidad (Cartagena) y Cañón Ordoñez.
- Murcia Plaza, traslado de la estación de calibración magnética de Trincabotijas.
- Imágenes: Wikimedia Commons, Internet Archive y Biblioteca Virtual de Defensa (autores y licencias en cada pie de foto).
Valentín Sarabia
(Investigador – Director Murcia Misteriosa)


