Pepurro, vecino de El Palmar, encuentra un día de verano al pie del Castillo de La Asomada una fuente de la que mana bastante agua, y junto a ella, una vieja repulsiva. Sorprendido por el insólito hallazgo, y sediento a causa del calor, Pepurro va a beber, pero la vieja le cierra el paso, pidiéndole que la bese en la boca, a lo que se niega el mozo con asco. Al instante desaparecen la vieja y el manantial.

       Esto ocurre varios días, y al fin Pepurro, haciendo de tripas corazón, accede al beso y he aquí que la anciana se convierte en una mora guapísima, que le propone desenterrar un tesoro de sus antepasados e irse a vivir juntos a un palacio de Marruecos. Pero como al palmareño Pepurro, que llevaba al cuello un rosario, se le ocurrió exclamar “¡Jesús, María y José!”, la mora encantada se espantó y desaparecieron al instante tanto ella como las riquezas y la fuente.

Leyenda recogida por Pedro Díaz Cassou.