CON EL CREPÚSCULO CERRABAN TODAS LAS PUERTAS DE LA MEDINA DE LORCA

Autor: Andrés Martínez Rodríguez

Los comerciantes, viajeros y trajineros que se dirigen desde Alhama y Murcia a la ciudad amurallada de Lorca, contemplan desde lejos la elevada alcazaba y la estratégica posición de la ciudad fortificada. Entre los comerciantes que se acercan se encuentra el viejo Hasan montado en su carreta, que tras cruzar el cauce del Guadalentín observa atentamente las fértiles tierras de la ribera, donde se suceden sin interrupción las huertas, almunias y jardines, regados por acequias y norias que llevan el agua a los bancales donde crecen hortalizas, viñedos, manzanos y naranjos cuajados de azahares, así como las primeras rosas de múltiples colores que empapan con su perfume el atardecer de ese día de finales de marzo.

Antes de dirigirse a la monumental puerta de acceso donde finaliza el camino, el viejo perfumista y su hijo Ayman, atraviesan el gran cementerio cuidadosamente ordenado con cuantiosos sepulcros blanqueados y muy bien orientados, entre los que sobresalen varios panteones familiares y algunos morabitos. Les llama la atención como un pequeño pájaro posado junto al hueco que se hunde en el suelo de yeso de una sepultura bebe agua y como una mujer enciende la mecha de un pequeño candil, dejándolo junto a una tumba coronada por una bella macabrilla.

Una vez que han pasado junto a la fortificada peña roja, vislumbran el recinto amurallado y la altas torres de la medina. Conforme se acercan a la puerta al-Sharia, llamada así por que se ubica junto al cuadrado morabito coronado por una cúpula redondeada que guarda la sepultura de un afamado santón, se acrecienta en ambos la sensación de bienestar al ver a gente conocida que sale y entra por la puerta acodada que está tan cerca de su casa. Como era la hora de cerrar la puerta, todos se apresuran para sortear el foso y dirigirse a la puerta abierta en el lateral del torreón. Y como hay mucho trasiego, antes de entrar a la ciudad se tienen que detener delante de la fachada de la puerta, allí padre e hijo comentan la necesidad de limpieza que tiene el bello alfiz que alberga el arco de herradura, ligeramente apuntado, que cubre la puerta.

Pronto llegan a la entrada de su tienda y mientras descargan la mercancía pasa el alguacil que va a cerrar la vecina puerta. El olor a espliego que se expande desde la carreta llega hasta el centinela, cuya sombra se pasea por el paso ronda de la muralla. Entonces Haman piensa en lo reconfortante y seguro que es vivir tan próximo a la cerca y que en pocas horas entrará la primavera.